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9 de enero de 2009


RUTINAS PARA EL TIEMPO LIBRE (Leo Maslíah)



Cuando tengo algún tiempo libre, suelo dedicárselo a los hados del azar. Emprendo un paseo cuya dirección se va modificando de acuerdo a algún criterio como, por ejemplo, mirar la última cifra de la matrícula del último auto que se encuentre estacionado en cualquiera de las dos aceras de la cuadra en la que estoy. Supongamos que experimento una ligera preferencia por continuar mi camino en línea recta, por esa calle. Entonces, si la última cifra de la matrícula está entre el cero y el tres, continúo por esa calle. Si la cifra está entre el cuatro y el seis, doblo a la izquierda. Y si está entre el siete y el nueve, doblo a la derecha. Es claro que más de una vez, vale decir, si el azar me lleva a pasar una y otra vez por la misma cuadra, puede ocurrir que los vecinos me miren con desconfianza. Para estos casos, dispongo de varias rutinas. A la que utilizo con más frecuencia la denomino “relación pelo-sexo”. Esta rutina diversifica mi conducta más que la basada en las cifras de las matrículas. Aquí ya no hay solamente tres conductas posibles, sino cinco. En efecto: si la primera persona visible (para mí) en la cuadra es rubia o pelirroja y es mujer, me fijo si en esa cuadra hay un quiosco. Si lo hay, compro una golosina y quedo exonerado de seguir dando vuelta a la manzana, pudiendo llegar hasta la otra cuadra, por la misma calle (tengo otras rutinas para el caso de que esa calle muera en la esquina, pero las mismas exceden el propósito del presente trabajo). Si no hay ningún quiosco, toco timbre en la primera casa cuya puerta no sea de color marrón, y si me atienden, pregunto por el doctor Magurno. Si no me atienden, hago que me desmayo, y espero hasta que algún buen vecino llame a una ambulancia que me traslade a otra parte (para empezar otro camino con idénticas reglas a partir de allí, ni bien me hayan dado de alta diciéndome tal vez que sólo se trató de un momentáneo bajón de presión), o hasta que llueva, en cuyo caso contraigo para mis adentros la obligación de regresar a casa y mirar dos horas la televisión, sin encenderla.

Si me atienden y me dicen que ahí no hay ningún doctor Magurno, quedo habilitado para doblar en la siguiente esquina en dirección contraria a la de mi giro anterior (el que me llevó de vuelta al mismo lugar). Nótese que en ambos casos (tanto recurriendo al quiosco como tocando timbre en la casa), mi conducta, frente a los curiosos, queda explicada dentro de los cánones habituales de la civilización, puesto que pueden pensar “el tipo se había ido pero volvió porque tuvo antojo de golosinas” o “el tipo estaba buscando el número de puerta y no lo encontraba”.

Si no hay ninguna casa de puerta marrón, o si en esa cuadra solamente hay edificios, empiezo a caminar por la misma calle pero en sentido contrario, quedando liberado de la cuadra viciosa (denomino así a las que, por la numeración de las matrículas de los autos, y por tratarse de autos abandonados que pueden pasar días en el mismo lugar, me conminan a un loop o “bucle” difícil de salvar).

Prosigo con mi explicación. Si la primera persona visible de la cuadra es rubia o pelirroja y es hombre, bajo a la calzada y bailo el “Apolo” de Stravinsky, de acuerdo a la coreografía de Constantin Mikhailkov. Esto también puede ser asimilado por los curiosos como una conducta civilizada, ya que toda civilización genera sus tipos particulares de locura, y si llaman a una ambulancia para que me encierre en un manicomio, tanto mejor, puesto que ya no necesito recurrir a artificios casuales para saber lo que tengo que hacer: habrá enfermeros que me instruyan sobre las rutinas a seguir todos los días y a todas las horas. Pero si nadie me encierra, al finalizar la coreografía, doy por terminado mi paseo y voy a lo de mi tía Zephir a tomar té y a conversar sobre trivialidades.

Si la primera persona visible es de cabello negro o castaño y es mujer, me tomo un colectivo que pare en esa cuadra, o en su defecto, un taxi, y me bajo después de un recorrido de doce cuadras (o de trece, si en la cuadra número doce, maldición, no hay parada). Si no pasan colectivos ni taxis, hago auto-stop. Y si nadie me para, me dirijo a la cuadra siguiente arrastrándome (si alguien me interroga acerca del motivo, le miento diciéndole que se trata de una promesa religiosa, cosa de permitirle, también en este caso, encuadrar mi conducta dentro de parámetros civilizados).

Si la primera persona visible es de cabello negro o castaño y es hombre, pierdo la memoria, y lo que haga de ahí en más dependerá de los consejos de quienes me asistan, o de las reglas de conducta que me dote a mí mismo a partir de entonces (recurrí a los oficios de un hipnotizador para que me indujera, si este caso se presentara, a una amnesia total).

Si la primera persona visible es canosa, calva o si no hay nadie visible, aprovecho para tratar de robar, en el comercio o en la casa que me parezca más desprotegida. Pero una vez hecho el acopio ajeno, lo deposito en la vereda y trato de llamar la atención de algún vecino de la cuadra, diciendo que alguien quería robar y al yo sorprenderlo, huyó. De este modo, a veces percibo recompensas nada despreciables. Y si me sorprenden con lo robado antes de haberlo depositado, tanto mejor, pues de ahí en más será la policía y el poder judicial quienes indiquen cuál será el modo en que deberé emplear mí tiempo libre. Para finalizar, y sin querer exasperar al lector con los detalles que devengan de los casos no contemplados en lo expuesto, o con el resto de mi repertorio de rutinas, diré que para el caso de tocar timbre en una casa preguntando por el doctor Magurno, si me llegan a contestar “sí, enseguida”, tengo previsto suicidarme. Pero es tan improbable esta circunstancia, que estoy seguro de llegar a vivir muchos años más disfrutando plenamente de mi tiempo libre, en perfecta armonía con el mundo civilizado.

4 de enero de 2008


Conversaba con una entrañable amiga uruguaya y de pronto salió el tema de convertirse en gato. Se lo dije porque siempre me he considerado un poco perezoso y huraño, dormilón y a veces comilón. Además me encanta la mirada de los gatos. Me imagino que piensan cosas. Ella de pronto me habló de un cuento llamado "El gato". Tuvo la gentileza de buscar al autor y ta!, googleando lo encontré y me pareció excelente. La forma de escribir de su autor es cautivante. Además es preciso en su extensión y contenido. Espero que les guste. Se lo dedico a un gato muy especial: Antelmo.

El gato
(
H. A. MURENA)

¿Cuánto tiempo llevaba encerrado?

La mañana de mayo, velada por la neblina en que había ocurrido aquello, le resultaba tan irreal como el día de su nacimiento, ese hecho acaso más cierto que ninguno, pero que sólo atinamos a recordar como una increíble idea. Cuando descubrió, de improviso, el dominio secreto e impresionante que el otro ejercía sobre ella, se decidió a hacerlo. Se dijo que quizás iba a obrar en nombre de ella, para librarla de una seducción inútil y envilecedora. Sin embargo, pensaba en sí mismo, seguía un camino iniciado mucho antes. Y aquella mañana, al salir de esa casa, después que todo hubo ocurrido, vio que el viento había expulsado la neblina, y, al levantar la vista ante la claridad enceguecedora, observó en el cielo una nube negra que parecía una enorme araña huyendo por un campo de nieve. Pero lo que nunca olvidaría era que a partir de ese momento el gato del otro, ese gato del que su dueño se había jactado de que jamás lo abandonaría, empezó a seguirlo, con cierta indiferencia, con paciencia casi ante sus intentos iniciales por ahuyentarlo, hasta que se convirtió en su sombra.

Encontró esa pensionsucha, no demasiado sucia ni incómoda, pues aún se preocupaba por ello. El gato era grande y musculoso, de pelaje gris, en partes de un blanco sucio. Causaba la sensación de un dios viejo y degradado, pero que no ha perdido toda la fuerza para hacer daño a los hombres; no les gustó, lo miraron con repugnancia y temor, y, con la autorización de su accidental amo, lo echaron. Al día siguiente, cuando regresó a su habitación, encontró al gato instalado allí; sentado en el sillón; levantó apenas la cabeza, lo miró y siguió dormitando. Lo echaron por segunda vez, y volvió meterse en la casa, en la pieza, sin que nadie supiera cómo. Así ganó la partida, porque desde entonces la dueña de la pensión y sus acólitos renunciaron a la lucha.

¿Se concibe que un gato influya sobre la vida de un hombre, que consiga modificarla?

Al principio él salía mucho; los largos hábitos de una vida regalada hacían que aquella habitación, con su lamparita de luz amarillenta y débil, que dejaba en la sombra muchos rincones, con sus muebles sorprendentemente feos y desvencijados si se los miraba bien, con las paredes cubiertas por un papel listeado de colores chillones le resultaba poco tolerable. Salía y volvía más inquieto; andaba por las calles, andaba, esperando que el mundo le devolviera una paz ya prohibida. El gato no salía nunca. Una tarde que él estaba apurado por cambiarse y presenció desde la puerta cómo limpiaba la habitación la sirvienta, comprobó que ni siquiera en ese momento dejaba la pieza: a medida que la mujer avanzaba con su trapo y su plumero, se iba desplazando hasta que se instalaba en un lugar definitivamente limpio; raras veces había descuidos, y entonces la sirvienta soltaba un chistido suave, de advertencia, no de amenaza, y el animal se movía. ¿Se resistía a salir por miedo de que aprovecharan la ocasión para echarlo de nuevo o era un simple reflejo de su instinto de comodidad? Fuera lo que fuese, él decidió imitarlo, aunque para forjarse una especie de sabiduría con lo que en el animal era miedo o molicie.

En su plan figuraba privarse primero de las salidas matutinas y luego también de las de la tarde; y, pese a que al principio le costó ciertos accesos de sorda nerviosidad habituarse a los encierros, logró cumplirlo. Leía un librito de tapas negras que había llevado en el bolsillo; pero también se paseaba durante horas por la pieza, esperando la noche, la salida. El gato apenas si lo miraba; al parecer tenía suficiente con dormir, comer y lamerse con su rápida lengua. Una noche muy fría, sin embargo, le dio pereza vestirse y no salió; se durmió enseguida. Y a partir de ese momento todo le resultó sumamente fácil, como si hubiese llegado a una cumbre desde la que no tenía más que descender. Las persianas de su cuarto sólo se abrieron para recibir la comida; su boca, casi únicamente para comer. La barba le creció, y al cabo puso también fin a las caminatas por la habitación.

Tirado por lo común en la cama, mucho más gordo, entró en un período de singular beatitud. Tenía la vista casi siempre fija en las polvorientas rosetas de yeso que ornaban el cielo raso, pero no las distinguía, porque su necesidad de ver quedaba satisfecha con los cotidianos diez minutos de observación de las tapas del libro. Como si se hubieran despertado en él nuevas facultades, los reflejos de la luz amarillenta de la bombita sobre esas tapas negras le hacían ver sombras tan complejas, matices tan sutiles que ese solo objeto real bastaba para saturarlo, para sumirlo en una especie de hipnotismo. También su olfato debía haber crecido, pues los más leves olores se levantaban como grandes fantasmas y lo envolvían, lo hacían imaginar vastos bosques violáceos, el sonido de las olas contra las rocas. Sin saber por qué comenzó a poder contemplar agradables imágenes: la luz de la lamparita —eternamente encendida— menguaba hasta desvanecerse, y, flotando en los aires, aparecían mujeres cubiertas por largas vestimentas, de rostro color sangre o verde pálido, caballos de piel intensamente celeste...

El gato, entretanto, seguía tranquilo en su sillón.

Un día oyó frente a su puerta voces de mujeres. Aunque se esforzó, no pudo entender qué decían, pero los tonos le bastaron. Fue como si tuviera una enorme barriga fofa y le clavaran en ella un palo, y sintiera el estímulo, pero tan remoto, pese a ser sumamente intenso, que comprendiese que iba a tardar muchas horas antes de poder reaccionar. Porque una de las voces correspondía a la dueña de la pensión, pero la otra era la de ella, que finalmente debía haberlo descubierto.

Se sentó en la cama. Deseaba hacer algo, y no podía.

Observó al gato: también él se había incorporado y miraba hacia la persiana, pero estaba muy sereno. Eso aumentó su sensación de impotencia.

Le latía el cuerpo entero, y las voces no paraban. Quería hacer algo. De pronto sintió en la cabeza una tensión tal que parecía que cuando cesara él iba a deshacerse, a disolverse.

Entonces abrió la boca, permaneció un instante sin saber qué buscaba con ese movimiento, y al fin maulló, agudamente, con infinita desesperación, maulló.

Fin.

Acerca de Sherlock Holmes

Ídolo, grande, maestro, un genio! Capaz de relacionarse desde los estratos más marginales hasta con los aristócratas más importantes. Deducía e inducía conclusiones a partir de los detalles más insignificantes. Tal vez crean que exagero sobre este personaje más tratándose de una ficción inventada por Sir Arthur Conan Doyle en el siglo 19. Lo cierto es que cuando cayeron en mis manos una saga de libros llamadas "Las aventuras de Sherlock Holmes" no pude dejar de adorar a Sherlock. Sus cuentos detectivezcos abarcan 60 relatos cortos y 4 novelas: Estudio en Escarlata, El Signo de los Cuatro, El Sabueso de los Baskerville y el Valle del Terror. Les recomiendo ese orden si las van a leer. Tan famoso fue este detective que cuando Conan Doyle, aburrido de él porque la gente no apreciaba otros trabajos, no lo dejaban escribir relatos de historia que era su pasión, lo asesinó a manos del archienemigo de Sherlock: el profesor Moriarty. Acá debo aclarar algunos mitos. El profesor Moriarty no es un personaje habitual en las novelas de Holmes, sólo aparece en el relato "El problema final", que es en donde se produce una lucha a orillas de las cataratas de Reichenbach en Suiza en que finalmente caen los dos por el precipicio. Sin embargo, diez años más tarde Conan Doyle se vio obligado a "resucitar" a Sherlock, en el relato "La casa vacía".

Boxea, sabe esgrima, toca el violín, es un maestro del disfraz y del teatro, con conocimientos precisos de química, además de poseer una memoria prodigiosa en lo que a crímenes y robos que se han producido en todo un siglo se refiere. Sin embargo algo le debo criticar (en realidad la crítica es para Conan) y es que para resaltar las cualidades de Holmes, rodeó a éste de personas que siempre hacen preguntas imbéciles o conjeturas estúpidas (todo Scotland Yard prácticamente). No era necesario creo yo. Entre ellos el principal es su fiel (hasta la tontera) amigo, relator de las aventuras y compañero de habitaciones, el doctor John Watson. Es tan abnegada su admiración a Holmes que uno llega hasta pensar que Watson se estima muy poco. Sin embargo, he notado un detalle muy importante. A pesar de todo pareciera que Holmes precisa de Watson más de lo que alguien podría pensar. Tal vez sea para agrandar su ego, aunque Holmes lo justifica con la excusa de que no existe mejor relator de aventuras que Watson (aunque a veces se contradice recriminándole que adorna le puramente intelectual con pinceladas de emoción). Cuando Watson se casó y se fue de las habitaciones de Baker Street 221-B, Sherlock nunca se lo perdonó.

Otro dato ficticio es que usaba una gorra, lupa, pipa permanente y una capa a cuadros. Eso, más la frase "Elemental, mi querido Watson" que tampoco aparece en el Canon original (se le llamó Canon a toda la saga de Sherlock). Estos elementos fueron aportados por el cine, años más tarde. La figura de Sherlock fue adornada de miles de estos detalles que no pertencen a las novelas, incluso muchas películas fueron invenciones de sus directores y guionistas (hay traducciones que incorporaron la famosa frase y además en el original inglés es posible encontrar aisladamente "elemental" y "querido watson").

Sherlock era huraño, y bipolar porque podía estar muy activo a veces, pero otros días se tumbaba en su sofá o se encerraba en su habitación y no lo veía nadie en semanas. O le daba por quedarse callado por días. Era un excéntrico. Incluso se inyectaba cocaína al 7% cuando el mundo le aburría y no le proporcionaba casos que resolver. Odiaba a las mujeres, menos a una: Irene Adler, "La Mujer", la única con una mente tan brillante como la de Holmes (lean "Un escándalo en Bohemia") y que derrotó a Holmes. Ah, se me olvidaba que veces sí fumaba pipa, pero no tabaco sino opio.




Algo que pocos saben es que Sherlock tenía un hermano mayor, Mycroft Holmes, quien poseía una mente mucho más brillante y con más capacidad analítica que Sherlock, pero era tan perezoso que prefería pertenecer al Club Diógenes, un grupo de aristócratas que habitaban en una casa en la que no hacían nada productivo. No obstante se cuenta que secretamente Mycroft ayudaba a personeros del Reino de Inglaterra en la toma de decisiones importantes, de toda clase, pues como dije, Mycroft se manejaba con cualquier tipo de problema en cualquier ámbito. Ayuda a Holmes en un par de casos.

Pese a todo Holmes nunca sentó cabeza ni formó familia. Cuando ya se retiró de la profesión de detective-consultor, cuentan que se retiró a zonas más rurales y se dedicó a la apicultura.


Yo los invito sinceramente, a que si tienen la posibilidad de leer a Sherlock en sus aventuras, lo hagan. Será una buena experiencia.

2 de enero de 2008

Tome Coca Cola

Esta es una obra muy divertida. La vi por primera vez en su exposición "Artefactos" que se hizo no se en qué año en el edificio de Telefónica. Muchos podrían decirme hereje por hacerle propaganda al "Nica" y a esta obra. No sean tan graves, no es para tanto. Como pueden ver, el tema está en formar la frase "tome coca cola" en el Padre Nuestro, oración que el propio Jesucristo nos enseñó, según el Nuevo Testamento.


Es olvido
(Nicanor Parra)

Juro que no recuerdo ni su nombre,
más moriré llamándola María,
no por simple capricho de poeta:
por su aspecto de plaza de provincia.
¡Tiempos aquellos!, yo un espantapájaros,
ella una joven pálida y sombría.
Al volver una tarde del Liceo
supe de la su muerte inmerecida,
nueva que me causó tal desengaño
que derramé una lágrima al oírla.
Una lágrima, sí, ¡quién lo creyera!
y eso que soy persona de energía.
Si he de conceder crédito a lo dicho
por la gente que trajo la noticia
debo creer, sin vacilar un punto,
que murió con mi nombre en las pupilas,
hecho que me sorprende, porque nunca
fue para mí otra cosa que una amiga.

Nunca tuve con ella más que simples
relaciones de estricta cortesía,
nada más que palabras y palabras
y una que otra mención de golondrinas.
La conocí en mi pueblo (de mi pueblo
sólo queda un puñado de cenizas),
pero jamás vi en ella otro destino
que el de una joven triste y pensativa.
Tanto fue así que hasta llegue a tratarla
con el celeste nombre de María,
circunstancia que prueba claramente
la exactitud central de mi doctrina.
Puede ser que una vez la haya besado,
¡quién es el que no besa a sus amigas!
Pero tened presente que lo hice
sin darme cuenta bien de lo que hacía.
No negaré, eso sí, que me gustaba
su inmaterial y vaga compañía
que era como el espíritu sereno
que a las flores domésticas anima.

Yo no puedo ocultar de ningún modo
la importancia que tuvo su sonrisa
ni desvirtuar el favorable influjo
que hasta en las mismas piedras ejercía.
Agreguemos, aún, que de la noche
Fueron sus ojos fuente fidedigna.
Más, a pesar de todo, es necesario
que comprendan que yo no la quería
sino con ese vago sentimiento
con que a un pariente enfermo se designa.
Sin embargo, sucede, sin embargo,
lo que a esta fecha aún me maravilla,
ese inaudito y singular ejemplo
de morir con mi nombre en las pupilas,
ella, múltiple rosa inmaculada,
ella que era una lámpara legítima.
Tiene razón, mucha razón, la gente
que se pasa quejando noche y día
de que el mundo traidor en que vivimos
vale menos que rueda detenida:
mucho más honorable es una tumba,
vale más una hoja enmohecida,
nada es verdad, aquí nada perdura,
ni el color del cristal con que se mira.

Hoy es un día azul de primavera,
creo que moriré de poesía,
de esa famosa joven melancólica
no recuerdo ni el nombre que tenía.
Sólo sé que pasó por este mundo
como una paloma fugitiva:
la olvidé sin quererlo, lentamente,
como todas las cosas de la vida.

Devolución Total



Las multinacionales tienen que devolver todo lo que robaron en América Latina y el mundo los últimos cien años. Inglaterra también, tiene que devolver por lo menos lo que robó en el siglo veinte y en el diecinueve. Con o sin intereses, eso será cuestión de negociarlo después, pero lo tiene que devolver ya, a la India, a África, a América Latina. Y lo tiene que devolver aunque se lo haya gastado. Y lo tiene que conseguir sin robar. Tiene que trabajar.

Y España también. Tiene que devolver todo lo que robó durante la conquista y lo que sigue robando con su empresa telefónica en toda América Latina. Tiene que deshacer su siglo de oro, fundirlo, desmenuzarlo y devolverlo. O si no, que saque de donde pueda, que sude. Si no le alcanza la población que tiene, que hagan doble o triple turno, como hacen los latinoamericanos cuando tienen la suerte de que alguien acepte explotarlos y oprimirlos.

Y Francia también, que devuelva todo lo que robó en Haití, en Martinica, en la Guayana, aunque primero tiene que devolver las propias Martinica y Guayana, que no le son propias.

Y el Imperio Romano tiene que devolver todo lo que le robó a los galos, y a los iberos, a los celtas, etc., etc. Y si el imperio romano no existe más, la deuda la tiene que pagar el imperio norteamericano, que es el que terminó heredando el botín, que fue pasando de mano en mano a través de los siglos.

Y después hay que arreglar cuentas en Latinoamérica, también. Cuando España, Portugal y Estados Unidos devuelvan todo, nada de quedárselo los latinoamericanos ricos. Hay que dejárselo a los indígenas, y la tierra también, y los descendientes de europeos que se quieran quedar tienen que pedir permiso. Los africanos no, pero nosotros sí. Nada de Argentina, Brasil, República Oriental, Bolivia, Colombia, todo eso es mentira, hay que devolver la tierra y el mapa como eran antes. Y si no sabemos cómo era, a estudiar todo el mundo. Nada de estudiar inglés, eso el que quiera que lo haga después; primero hay que pagar la deuda. Para saber cuánto es hay que estudiar araucano, toba, aymara, y hay que estudiar el calendario maya para poder calcular los intereses.

Y basta de hablar, hay que empezar a devolver ya. Cada minuto es un árbol más, un tapir más que se debe. Cada palabra europea, cada nota afinada con el diapasón es un insulto a las culturas autóctonas. Hay que callarse y pagar.


Continuando con Rayuela, excelsa obra de Cortázar, otro de los más famosos capítulos es el séptimo. Excesívamente tallado de imágenes mágicas y de momentos que vive uno a veces sumergido en el amor.

"Toco tu boca, con un dedo todo el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos, donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua."

29 de diciembre de 2007


Cuento del espejo

Revisando algunos archivos, encontré el siguiente cuento. Es una breve composición que recité una noche frente a algunas personas en una especie de café concert popular realizado en una sede social en la comuna de Quinta Normal, Santiago de Chile. El texto lo escribí en pocos minutos, ya que no había llevado nada para leerle a mis amigos, por lo que lo hice apurado antes que me tocara mi turno. Esa noche se leyeron muchos otros textos, muy buenos todos ellos. Este, que no pertenece a la lista anterior, se lo dediqué a dos grandes maestros de la literatura que me influyeron mucho en mi adolescencia. Por esa época solía firmar algunos textos con el seudónimo de Joichi Jerald, un híbrido franco-nipón.

La imagen en el espejo

Hoy, en la mañana, me levanté y miré en el espejo……y yo no estaba allí. ¿Qué pasó?, ¿Qué ocurrió? La imagen que antaño acostumbraba a ver reflejada, se perdió incomprensiblemente. Me palpé a mi mismo, moví los brazos, hice muecas y sin lugar a dudas mis sentidos daban fe de mi cuerpo sin ningún problema, sólo que desde este lado del espejo. ¿Qué hacía yo ahora?, ¿Qué pasaba? Podía sentir el maldito sudor escapando de mis poros para llorar a lo largo de mi piel. Desesperante calor. Me encontraba solo! Completamente solo! Terriblemente solo! Siempre solía ser así. Toda mi vida había sido así. Solo, como aquel gato negro que se murió una noche, triste y vencido, aislado por la superstición de la ahuyentada gente que escapaba de él. Así estaba yo. Solo y vacío, y no me veía en el espejo....

......¿¿¿No me veía???

¿Estaría dañado de alguna manera el espejo? Qué extraño sería ese efecto...!

Ya no daba más; la desesperación y el terror de lo inexplicable me inundaban la cabeza. El terror, convertido en un filoso escalofrío de espalda, la angustia presentándose en la horrible impresión de no verme reflejado ni siquiera en un miserable espejo. No podía verme los ojos. Pero los imaginaba. Aunque ya no me acordaba de mi cara.

No resistí! Me tiré por la ventana impactando brutalmente mi cráneo con el ardiente cemento en la acera ...

Si tan sólo hubiese sabido, más bien recordado, que el espejo se había quebrado ayer y yo mismo lo había botado a la basura…

A Verne y Poe, por Joichi Jerald, 2001


28 de diciembre de 2007


El Cuervo


Las traducciones no reflejan completamente una narración tal cual fue escrita en el idioma nativo del autor. Logran capturar la esencia con mucha dificultad y más aún transmitirla, hacernos sentir las palabras en el lenguaje original. Esto también pasa en otro nivel con los doblajes de las películas. Ya con varios coincidimos en que los doblajes realizados en castellano de España desvirtúan demasiado el audio original, ya que los sudamericanos no estamos acostumbrados a ese acento, pero sí que aguantamos el acento mexicano, ya que desde pequeños escuchamos este tipo de doblaje. De cualquier modo algo siempre se pierde al doblar, se pierde el alma del asunto. A nivel textual, esto se intensifica demasiado en la poesía. Si se lanzan a leer a escritores anglosajones o norteamericanos sin saber aunque sea un poquito del idioma nativo de esos escritores, les puedo decir que no les encontrarán mucha gracia, o no toda la gracia en realidad. Me pasó hace mucho con el maestro de maestros, Edgar Allan Poe, uno de mis escritores favoritos (si es que no mi favorito), y mi más marcada influencia al igual que innumerables escritores del siglo pasado y el presente. Su poema más famoso se llama "El cuervo", y cuando lo leí, me maravillé al igual que me había pasado con sus fantásticos cuentos, sin embargo existía algo que no me calzaba, que me incomodaba. Ese algo tenía que ver con el ritmo del poema, con la rima. Y claro: lo que en inglés era una exelentísima, rebuscada y hermosa rima, en la traducción al español ya no lo era. Lo mismo debe pasar cuando traducen poemas de Pablo Neruda al inglés. Y peor es este caso ya que se trasquila el lenguaje castellano, como es sabido mucho más rico en sustantivos, adjetivos y conjugaciones verbales que el inglés.

Cuando leí The Raven, título original del poema de Poe (qué curioso que poeta y Poe empiecen por las misma letras, de hecho en inglés sólo hay que agregarle una "t" al final, poet=poeta), entendí la maestría del texto, la atmósfera creada, la estructura tan sólida de su desarrollo, antes predicho en su texto "Filosofía de la Composición" en donde explica técnicamente cómo llegó a escribir The Raven o El Cuervo y más allá, cómo se debe escribir cualquier cuento, o al menos cómo él los escribía.

Voy a transcribir a continuación el texto, en el idioma inglés, tal y como Poe lo escribió. Es una belleza en su pronunciación y su composición, yo hasta me llego a imaginar una voz lúgubre que la recita en una noche de tormenta, al lado de una tumba. Dejo un link para quien le interese el texto en español. A mi ya no me interesa. A aprender inglés que no hace mal.

The Raven

Once upon a midnight dreary, while I pondered, weak and weary,
Over many a quaint and curious volume of forgotten lore,
While I nodded, nearly napping, suddenly there came a tapping,
As of some one gently rapping, rapping at my chamber door.
"'Tis some visitor," I muttered, "tapping at my chamber door,
Only this, and nothing more."

Ah, distinctly I remember it was in the bleak December,
And each separate dying ember wrought its ghost upon the floor.
Eagerly I wished the morrow; vainly I had sought to borrow,
From my books surcease of sorrow, sorrow for the lost Lenore,
For the rare and radiant maiden whom the angels name Lenore,
Nameless here for evermore.

And the silken sad uncertain rustling of each purple curtain
Thrilled me - filled me with fantastic terrors never felt before;
So that now, to still the beating of my heart, I stood repeating,
"'Tis some visitor entreating entrance at my chamber door,
Some late visitor entreating entrance at my chamber door;
This it is, and nothing more."

Presently my soul grew stronger; hesitating then no longer,
"Sir," said I, "or Madam, truly your forgiveness I implore;
But the fact is I was napping, and so gently you came rapping,
And so faintly you came tapping, tapping at my chamber door,
That I scarce was sure I heard you", here I opened wide the door;
Darkness there, and nothing more.

Deep into that darkness peering, long I stood there wondering, fearing,
Doubting, dreaming dreams no mortals ever dared to dream before;
But the silence was unbroken, and the stillness gave no token,
And the only word there spoken was the whispered word, "Lenore!"
This I whispered, and an echo murmured back the word, "Lenore!"
Merely this, and nothing more.

Back into the chamber turning, all my soul within me burning,
Soon again I heard a tapping somewhat louder than before.
"Surely," said I, "surely that is something at my window lattice:
Let me see, then, what thereat is, and this mystery explore,
Let my heart be still a moment and this mystery explore;
'Tis the wind and nothing more."

Open here I flung the shutter, when, with many a flirt and flutter,
In there stepped a stately raven of the saintly days of yore;
Not the least obeisance made he; not a minute stopped or stayed he;
But, with mien of lord or lady, perched above my chamber door,
Perched upon a bust of Pallas just above my chamber door,
Perched, and sat, and nothing more.

Then this ebony bird beguiling my sad fancy into smiling,
By the grave and stern decorum of the countenance it wore.
"Though thy crest be shorn and shaven, thou," I said, "art sure no craven,
Ghastly grim and ancient raven wandering from the Nightly shore,
Tell me what thy lordly name is on the Night's Plutonian shore!"
Quoth the Raven, "Nevermore."

Much I marvelled this ungainly fowl to hear discourse so plainly,
Though its answer little meaning, little relevancy bore;
For we cannot help agreeing that no living human being,
Ever yet was blest with seeing bird above his chamber door,
Bird or beast upon the sculptured bust above his chamber door,
With such name as "Nevermore."

But the raven, sitting lonely on the placid bust, spoke only
That one word, as if his soul in that one word he did outpour.
Nothing further then he uttered; not a feather then he fluttered,
Till I scarcely more than muttered, "other friends have flown before,
On the morrow he will leave me, as my hopes have flown before."
Then the bird said, "Nevermore."

Startled at the stillness broken by reply so aptly spoken,
"Doubtless," said I, "what it utters is its only stock and store,
Caught from some unhappy master whom unmerciful Disaster,
Followed fast and followed faster till his songs one burden bore,
Till the dirges of his Hope that melancholy burden bore,
Of "Never - nevermore."

But the Raven still beguiling all my fancy into smiling,
Straight I wheeled a cushioned seat in front of bird, and bust and door;
Then upon the velvet sinking, I betook myself to linking,
Fancy unto fancy, thinking what this ominous bird of yore,
What this grim, ungainly, ghastly, gaunt and ominous bird of yore,
Meant in croaking "Nevermore."

This I sat engaged in guessing, but no syllable expressing
To the fowl whose fiery eyes now burned into my bosom's core;
This and more I sat divining, with my head at ease reclining,
On the cushion's velvet lining that the lamplight gloated o'er,
But whose velvet violet lining with the lamplight gloating o'er,
She shall press, ah, nevermore!

Then methought the air grew denser, perfumed from an unseen censer
Swung by Seraphim whose footfalls tinkled on the tufted floor.
"Wretch," I cried, "thy God hath lent thee- by these angels he hath sent thee,
Respite - respite and nepenthe, from thy memories of Lenore!
Quaff, oh quaff this kind nepenthe and forget this lost Lenore!"
Quoth the Raven, "Nevermore."

"Prophet!" said I, "thing of evil!- prophet still, if bird or devil!
Whether Tempter sent, or whether tempest tossed thee here ashore,
Desolate yet all undaunted, on this desert land enchanted,
On this home by horror haunted- tell me truly, I implore,
Is there - is there balm in Gilead? - tell me - tell me, I implore!"
Quoth the Raven, "Nevermore."

"Prophet!" said I, "thing of evil - prophet still, if bird or devil!
By that Heaven that bends above us - by that God we both adore,
Tell this soul with sorrow laden if, within the distant Aidenn,
It shall clasp a sainted maiden whom the angels name Lenore,
Clasp a rare and radiant maiden whom the angels name Lenore."
Quoth the Raven, "Nevermore."

"Be that word our sign in parting, bird or fiend," I shrieked, upstarting
"Get thee back into the tempest and the Night's Plutonian shore!
Leave no black plume as a token of that lie thy soul hath spoken!
Leave my loneliness unbroken! - quit the bust above my door!
Take thy beak from out my heart, and take thy form from off my door!"
Quoth the Raven, "Nevermore."

And the Raven, never flitting, still is sitting, still is sitting
On the pallid bust of Pallas just above my chamber door;
And his eyes have all the seeming of a demon's that is dreaming,
And the lamplight o'er him streaming throws his shadow on the floor;
And my soul from out that shadow that lies floating on the floor,
Shall be lifted - nevermore!

http://thcrow.iespana.es/thcrow/raven.html

16 de diciembre de 2007



Rayuela (capítulo 68)
Julio Cortázar


Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpaso en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balpamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.