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4 de enero de 2008


Conversaba con una entrañable amiga uruguaya y de pronto salió el tema de convertirse en gato. Se lo dije porque siempre me he considerado un poco perezoso y huraño, dormilón y a veces comilón. Además me encanta la mirada de los gatos. Me imagino que piensan cosas. Ella de pronto me habló de un cuento llamado "El gato". Tuvo la gentileza de buscar al autor y ta!, googleando lo encontré y me pareció excelente. La forma de escribir de su autor es cautivante. Además es preciso en su extensión y contenido. Espero que les guste. Se lo dedico a un gato muy especial: Antelmo.

El gato
(
H. A. MURENA)

¿Cuánto tiempo llevaba encerrado?

La mañana de mayo, velada por la neblina en que había ocurrido aquello, le resultaba tan irreal como el día de su nacimiento, ese hecho acaso más cierto que ninguno, pero que sólo atinamos a recordar como una increíble idea. Cuando descubrió, de improviso, el dominio secreto e impresionante que el otro ejercía sobre ella, se decidió a hacerlo. Se dijo que quizás iba a obrar en nombre de ella, para librarla de una seducción inútil y envilecedora. Sin embargo, pensaba en sí mismo, seguía un camino iniciado mucho antes. Y aquella mañana, al salir de esa casa, después que todo hubo ocurrido, vio que el viento había expulsado la neblina, y, al levantar la vista ante la claridad enceguecedora, observó en el cielo una nube negra que parecía una enorme araña huyendo por un campo de nieve. Pero lo que nunca olvidaría era que a partir de ese momento el gato del otro, ese gato del que su dueño se había jactado de que jamás lo abandonaría, empezó a seguirlo, con cierta indiferencia, con paciencia casi ante sus intentos iniciales por ahuyentarlo, hasta que se convirtió en su sombra.

Encontró esa pensionsucha, no demasiado sucia ni incómoda, pues aún se preocupaba por ello. El gato era grande y musculoso, de pelaje gris, en partes de un blanco sucio. Causaba la sensación de un dios viejo y degradado, pero que no ha perdido toda la fuerza para hacer daño a los hombres; no les gustó, lo miraron con repugnancia y temor, y, con la autorización de su accidental amo, lo echaron. Al día siguiente, cuando regresó a su habitación, encontró al gato instalado allí; sentado en el sillón; levantó apenas la cabeza, lo miró y siguió dormitando. Lo echaron por segunda vez, y volvió meterse en la casa, en la pieza, sin que nadie supiera cómo. Así ganó la partida, porque desde entonces la dueña de la pensión y sus acólitos renunciaron a la lucha.

¿Se concibe que un gato influya sobre la vida de un hombre, que consiga modificarla?

Al principio él salía mucho; los largos hábitos de una vida regalada hacían que aquella habitación, con su lamparita de luz amarillenta y débil, que dejaba en la sombra muchos rincones, con sus muebles sorprendentemente feos y desvencijados si se los miraba bien, con las paredes cubiertas por un papel listeado de colores chillones le resultaba poco tolerable. Salía y volvía más inquieto; andaba por las calles, andaba, esperando que el mundo le devolviera una paz ya prohibida. El gato no salía nunca. Una tarde que él estaba apurado por cambiarse y presenció desde la puerta cómo limpiaba la habitación la sirvienta, comprobó que ni siquiera en ese momento dejaba la pieza: a medida que la mujer avanzaba con su trapo y su plumero, se iba desplazando hasta que se instalaba en un lugar definitivamente limpio; raras veces había descuidos, y entonces la sirvienta soltaba un chistido suave, de advertencia, no de amenaza, y el animal se movía. ¿Se resistía a salir por miedo de que aprovecharan la ocasión para echarlo de nuevo o era un simple reflejo de su instinto de comodidad? Fuera lo que fuese, él decidió imitarlo, aunque para forjarse una especie de sabiduría con lo que en el animal era miedo o molicie.

En su plan figuraba privarse primero de las salidas matutinas y luego también de las de la tarde; y, pese a que al principio le costó ciertos accesos de sorda nerviosidad habituarse a los encierros, logró cumplirlo. Leía un librito de tapas negras que había llevado en el bolsillo; pero también se paseaba durante horas por la pieza, esperando la noche, la salida. El gato apenas si lo miraba; al parecer tenía suficiente con dormir, comer y lamerse con su rápida lengua. Una noche muy fría, sin embargo, le dio pereza vestirse y no salió; se durmió enseguida. Y a partir de ese momento todo le resultó sumamente fácil, como si hubiese llegado a una cumbre desde la que no tenía más que descender. Las persianas de su cuarto sólo se abrieron para recibir la comida; su boca, casi únicamente para comer. La barba le creció, y al cabo puso también fin a las caminatas por la habitación.

Tirado por lo común en la cama, mucho más gordo, entró en un período de singular beatitud. Tenía la vista casi siempre fija en las polvorientas rosetas de yeso que ornaban el cielo raso, pero no las distinguía, porque su necesidad de ver quedaba satisfecha con los cotidianos diez minutos de observación de las tapas del libro. Como si se hubieran despertado en él nuevas facultades, los reflejos de la luz amarillenta de la bombita sobre esas tapas negras le hacían ver sombras tan complejas, matices tan sutiles que ese solo objeto real bastaba para saturarlo, para sumirlo en una especie de hipnotismo. También su olfato debía haber crecido, pues los más leves olores se levantaban como grandes fantasmas y lo envolvían, lo hacían imaginar vastos bosques violáceos, el sonido de las olas contra las rocas. Sin saber por qué comenzó a poder contemplar agradables imágenes: la luz de la lamparita —eternamente encendida— menguaba hasta desvanecerse, y, flotando en los aires, aparecían mujeres cubiertas por largas vestimentas, de rostro color sangre o verde pálido, caballos de piel intensamente celeste...

El gato, entretanto, seguía tranquilo en su sillón.

Un día oyó frente a su puerta voces de mujeres. Aunque se esforzó, no pudo entender qué decían, pero los tonos le bastaron. Fue como si tuviera una enorme barriga fofa y le clavaran en ella un palo, y sintiera el estímulo, pero tan remoto, pese a ser sumamente intenso, que comprendiese que iba a tardar muchas horas antes de poder reaccionar. Porque una de las voces correspondía a la dueña de la pensión, pero la otra era la de ella, que finalmente debía haberlo descubierto.

Se sentó en la cama. Deseaba hacer algo, y no podía.

Observó al gato: también él se había incorporado y miraba hacia la persiana, pero estaba muy sereno. Eso aumentó su sensación de impotencia.

Le latía el cuerpo entero, y las voces no paraban. Quería hacer algo. De pronto sintió en la cabeza una tensión tal que parecía que cuando cesara él iba a deshacerse, a disolverse.

Entonces abrió la boca, permaneció un instante sin saber qué buscaba con ese movimiento, y al fin maulló, agudamente, con infinita desesperación, maulló.

Fin.

29 de diciembre de 2007


Cuento del espejo

Revisando algunos archivos, encontré el siguiente cuento. Es una breve composición que recité una noche frente a algunas personas en una especie de café concert popular realizado en una sede social en la comuna de Quinta Normal, Santiago de Chile. El texto lo escribí en pocos minutos, ya que no había llevado nada para leerle a mis amigos, por lo que lo hice apurado antes que me tocara mi turno. Esa noche se leyeron muchos otros textos, muy buenos todos ellos. Este, que no pertenece a la lista anterior, se lo dediqué a dos grandes maestros de la literatura que me influyeron mucho en mi adolescencia. Por esa época solía firmar algunos textos con el seudónimo de Joichi Jerald, un híbrido franco-nipón.

La imagen en el espejo

Hoy, en la mañana, me levanté y miré en el espejo……y yo no estaba allí. ¿Qué pasó?, ¿Qué ocurrió? La imagen que antaño acostumbraba a ver reflejada, se perdió incomprensiblemente. Me palpé a mi mismo, moví los brazos, hice muecas y sin lugar a dudas mis sentidos daban fe de mi cuerpo sin ningún problema, sólo que desde este lado del espejo. ¿Qué hacía yo ahora?, ¿Qué pasaba? Podía sentir el maldito sudor escapando de mis poros para llorar a lo largo de mi piel. Desesperante calor. Me encontraba solo! Completamente solo! Terriblemente solo! Siempre solía ser así. Toda mi vida había sido así. Solo, como aquel gato negro que se murió una noche, triste y vencido, aislado por la superstición de la ahuyentada gente que escapaba de él. Así estaba yo. Solo y vacío, y no me veía en el espejo....

......¿¿¿No me veía???

¿Estaría dañado de alguna manera el espejo? Qué extraño sería ese efecto...!

Ya no daba más; la desesperación y el terror de lo inexplicable me inundaban la cabeza. El terror, convertido en un filoso escalofrío de espalda, la angustia presentándose en la horrible impresión de no verme reflejado ni siquiera en un miserable espejo. No podía verme los ojos. Pero los imaginaba. Aunque ya no me acordaba de mi cara.

No resistí! Me tiré por la ventana impactando brutalmente mi cráneo con el ardiente cemento en la acera ...

Si tan sólo hubiese sabido, más bien recordado, que el espejo se había quebrado ayer y yo mismo lo había botado a la basura…

A Verne y Poe, por Joichi Jerald, 2001