16 de diciembre de 2007



Rayuela (capítulo 68)
Julio Cortázar


Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpaso en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balpamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.

3 comentarios:

Ovejanegra dijo...

Este trozo de uno de los autores Argentinos más prestigiados como es Julio Cortazar, me recuerda que mi castellano es muy básico, deberé leerlo con un diccionario de la lengua española al lado o hacerme asesorar por un perito lingüístico..en hora buena..reijavo

Reijavo dijo...

Me pasó lo mismo la primera vez que me enfrenté a este texto. Y claro, después entendí que Cortázar jugó a propósito con el lenguaje, inventando palabras nuevas, pero que sin embargo le dan cierto sentido misterioso al texto.

Maine dijo...

Tenemos que aprender gíglico. ¿No era así que se llamaba el lenguaje de la maga? Voy a ver si me la encuentro caminando por Montevideo y me enseña. ;)